Por: Marcio Taboada Zapata
Aún toso por las noches
las secuelas del aislamiento,
de la separación del cuerpo
y el alma embriagada
con jarabes y píldoras,
porque el final del vaso,
la cura fría,
aún es un sueño de almohadas
lejanas en un seso a media luz.
Sujeto mi pecho todavía,
aunque sería mejor soltar:
hay un tope, una mano molesta
de medio kilo u ochocientos gramos
aproximadamente,
un puño, para ser preciso,
que se enfrenta con el aire
y lo vence en el último paso
hacia la vida tranquila.
Levanto el rostro
y hallo la lumbre que no es la luna,
pues he sido separado
de la naturaleza sin ventana,
naturalmente,
afuera el peligro es la calavera
del espejo nocturno
en el que me miraría:
aún una tela que no deja sonreír.
Cuánto más para la liquidez
del oxígeno en el tórax,
el abrazo íntimo
y el beso relajado
sin pensar en el tiempo
mucho menos en la muerte
y el estiramiento
de la mano, su engorde:
un kilogramo incluso…

