Por: Franco Raúl Galdames
@lazcano_fran
Me cuesta terminar las cosas
los susurros laten su soberbia
días de poesía eterna.
Y terminar…
Terminar con el deseo terco,
con la pasión desatada,
juvenil.
Con el arma imaginaria que asfixia los abismos del pensamiento
y que atentan contra las ganas de querer.
Los pensamientos son árboles, son un cigarro en la boca, un atardecer púrpura, son retinas
dilatadas. Son el universo que se esconde, muchos días, infinitos días, perpetuo en lo
esencial, lo complejo, lo constante, lo divino, lo mundano. Dios nos condenó a un universo
destructor, devorador, envidioso de sus estrellas y sus planetas.
El misterio eterno.
No quiero terminar las cosas
con la literatura pendiente
con el peso que cargo al subir la montaña
con los colores que me muestran tus pensamientos, con la facilidad de hacer reír, con el
espejo traslucido que insulta.
Pero te ves.
De cuando quería terminar todo e ir a jugar, de sentir que mis huesos crecían y el dolor se
aguantaba porque tenía que jugar más.
En el bosque pretérito, sus ramas apuntan a un universo tan lejano, tan inentendible, quieto
e ingenuo.
Pienso que con el caer de una hoja me basta,
que,
en este bosque de gritos y susurros, cantando negamos al universo.
La poesía no es lobby, no es un trabajo remunerado. Es la ofrenda a los insectos nocturnos.
Es la sangre que sacrifico.

