Por: Patricia Zapién
@patriciaszapien
Existe cierto simbolismo en las cosas que conservamos de las personas amadas, detalles que nos parecían especiales; boletos de cine, envolturas de chocolates, fotografías de la felicidad momentánea, cartas llenas de amor que nunca se enviaron.
Todos los recuerdos son momentos de las ausencias.
Pero en qué instante la ausencia pierde su valor cuando el recuerdo de la misma está más presente.
Hablar constantemente de quien no está por decisión propia, se vuelve anhelo.
¿Quién soy cuando el silencio me habita?
(el silencio me habita)
(me habita)
I
A veces mi existencia se reduce a la presión ofuscada de un lazo invisible entre mi garganta, a oídos empáticos y ojos que leen palabras atravesadas en el corazón, y me hago pequeñita para comprender la grandeza y el vacío de alguien más.
II
Todo lo que sé de ella, de esta ausencia, es y será siempre en contra de mi voluntad.
Cuando miro el rostro de quien la nombra, su mirada se ilumina de estrellas parpadeantes, noto casi siempre la nostalgia aguda.
III
A veces creo que, si existe aquello que nombramos amor ¿Por qué nos complicamos tanto disfrutarlo?
No hace más de tres inviernos disfrazados de primavera que yo nombraba las ausencias para no olvidar, porque nombrar resalta la existencia y entiendo, de manera obligada que, no puedo prohibirle el no recordarla, recordarla es extrañarla, nombrarla es colocarla en este presente donde habitamos ambas, nombrarla es hacerme a un lado por instinto de sobrevivencia.
Yo también conviví con la ausencia, con el recuerdo de no haberla tenido y me inventé reminiscencias que no existieron, contándome una historia de la que nunca fui testigo.
IV
Existe algo de simbolismo en conservar recuerdos intactos de la persona amada, quizá irónicamente como amuleto de buena suerte, quizá exista en el pensamiento la idea fantástica de que, si conservamos lo que no es nuestro, algún día, la ausencia vendrá por lo suyo y entonces, será un reencuentro.
V
Antes era un lazo invisible que anudaba la garganta, ahora soy un fuego helado que arde en el estómago, y antes, al principio, parecía un enjambre de avispas.
VI
Me encojo, vuelvo a mi forma inicial, soy un feto, un embrión que habita en el útero inmaduro de mi madre entre un silencio que se vuelve murmullo y no comprendo ya nada y ahí, vuelve a nombrarla, a ella, a su ausencia, al nombre sin rostro.
VII
El ardor del fuego helado quema mis entrañas, la sensación sube a mi lengua escaldada de tanto callar y antes de decir algo, me lleno la boca para calmar mi necesidad de pedirle que ya no la nombre.
… y me surge la duda… ¿Quién le pone el valor simbólico a los recuerdos? ¿Quién se lo quita?
VIII
Cuando el silencio me habita, todo aquello que deseo en mi futuro parece perderse entre la neblina, por lo que el silencio simbólicamente no es silencio. Escucho muy a lo lejos una voz parecida a la mía, ahí me reconozco, encuentro mi voz, la misma en la que habito afuera, la que construye a base de palabras promesas para un futuro juntas, ahí recuerdo cuánto tiempo me costó ser escuchada, cuánto me dolió reconocer el peso de mi palabra.
IX
El silencio transmuta a caricia, no le digo que me duele, pero le muestro a sus manos, las heridas de guerras pasadas en mi piel, ella sabe que al roce etéreo de sus dedos cura la agonía más profunda.
X
Ella comprende que sus labios al besarme, extraen de mi boca la duda incesante cual si fuera veneno de serpiente, como si ella supiera que tiene el antídoto y al mismo tiempo es mi droga letal.
XI
El silencio ya no habita, se rompe con una palabra acertada, un te amo genuino y un mar de incógnitas por detrás, para habitar de nuevo entre sus brazos.

