Por: Eduardo Lain
@eduardo_lain
Yo no creo en la paz ni en la guerra
Yo no creo en el silencio o en el azar o en la locura
Yo no creo en Dios ni en las primeras veces o en los discursos de apertura
No creo en los actos ni en la magia
Yo no creo en el cielo
No creo en el amor ni en la maldad
No creo en lavar los trastes
No creo en el paisaje o en los sueños, ni en los paisajes de los sueños que se
extienden más allá del cráneo y de la noche, ni en las moscas crucificadas en la
pared que lloran como niños asesinados en la franja de Gaza o en Ucrania, no
Yo no creo en las orejas o azucenas, ni en las luciérnagas sin garganta
desconsoladas por las alas rotas
Yo no creo en los santos ni en fantasmas
No creo en mi abuela ciega tejiendo bufandas en un cuarto a oscuras con los
cables de la luz
No creo en respirar los sonidos, ni en las horas de sueño consumidas
No creo en nada ni en todo, ni en siempre ni en jamás
No creo en talvez ni en quizás
No creo en creer, tampoco en dudar y por supuesto que no creo en tampoco
No creo en no ni en sí ni en por
No creo en con ni en en ni en y ni en o
Yo no creo en los signos de interrogación ni en tu cara de incógnita ni en la ciudad
de la verdad ni en las hojas que caen de los árboles dudando, no
Sería mentira que te dijera que creo en el sol de la mañana o en eso que late
dentro de mí llamado girasol
Pétalos me salen por la nariz y condiciones, contratos con el banco, cláusulas hay
en mi respiración que dictan las bases de los dígitos que hay que marcar para
sacarle abismos con las rodillas raspadas al auricular del teléfono y nubes a la
cuenta corriente del armario, trazo tras trazo me dispongo a beber vagones del
metro imaginarios, para saciar mi sed de distancia, de kilómetros recorridos, de
números acumulados, de taquímetros y de palabras como bólidos que contienen
enfermedades fulminantes o incendios fugaces, no
No creo en las palabras
Ni en tu sonrisa
Ni mucho menos en la muerte o en la tierra que camina o en el agua embotellada
o en tus labios cuando me dices que me amas
No creo en la inmortalidad. La inmortalidad —lo dijo Bolaño— es para las
cucarachas y el plástico
Pero tampoco creo en el instante que me corresponde, ni en la pérdida o estar
perdido. No, no creo en el instante ni en este celular en el que escribo y trato de
borrar con palabras el lenguaje, no
No creo en las direcciones ni en Google Maps, ni en las fronteras —líneas
imaginarias que trazan las aves migratorias— ni en códigos postales. No
No creo
en las sombras que proyectan los anuncios flotantes de pisos de cerámica,
mientras tu mano roza sin querer la mía o en decir adiós o en otra vez quizás
Tampoco —aunque quisiera— en la forma en que te me quedaste viendo el otro día,
con pasión y ternura, como abrazándome con los ojos, como diciendo «ven, mira lo
bella que es la vida». Pero no
No creo en la pasión ni en la ternura

