Por: Laura Merchante
Observo el vacío.
Puedo sentirlo invadiéndolo todo.
Paseo por las calles
de mi juventud
y el vacío es omnipresente.
Miro por las ventanas,
desde fuera,
y me imagino el vacío
de aquella casa,
esa que antaño estaba llena
de niños y de voces.
Vacío puro es ahora,
escondida tras las cortinas
el alma que vaga
por sus pasillos.
Vacío en la humedad
del aire cortante,
helado,
que envuelve la ciudad.
Tengo un hueco
justo aquí,
en medio del pecho,
por donde el vacío se cuela
y se apodera de todo,
lentamente,
impregnando mi cuerpo,
cual sedante opiáceo.
Y lo deja exangüe
como la oquedad en el cajón
de una guitarra olvidada
en el rincón
de un escenario en ruinas.
Todo es vacío,
hasta el metro y la Gran Vía.
Es un vacío invisible,
que se diluye sobre el gentío,
que camina
como un ejército de seres desalmados,
insomnes, autómatas,
con la mirada fija
y el corazón petrificado.

