Por: Laura Merchante
Todo el peso de la vida
es una roca a mi espalda.
Camino con ella
a cuestas
por esta calle vacía,
negra de oscuridad,
helada como el filo
de una navaja plateada
sobre mi piel desnuda.
Me paro,
a ratos,
un instante.
Tomo aire
para poder soportar
sus mil toneladas de angustia,
esas mil punzadas de dolor
que me obligan
a doblarme
sobre mi vientre.
Al final de la calle,
los mendigos
ya prendieron su hoguera
con los restos de vida
desperdiciada
que dejaron a su paso
los viandantes.
Ya calientan
levemente
el ser que habitan,
sin esperanza
de un mañana
resguardados
ni de un café caliente
al desayuno
en un hogar templado.
Solo el recuerdo
de las voces familiares
alrededor de la mesa.
Del calor
de un cuerpo cercano
en un blanco lecho
de flores perfumado
y de besos
como mariposas
que echaron a volar.

