los aplastan como a los borregos

Los aplastan como a los borregos

Por: Sebastián Franco

Asistidos por la verdad negados a la sombra y recargados al costado de un umbral.
Nos gustaría fundir la moral en medallitas de plata hechas de santos pegadas a su cuello.
Plus ultra, reflejos de carencia, animados por la falta de respeto y al tiempo sucumben a su lamento. Pintan lento, rezan el misterio de la virgen que no los escucha que parece sorda, como todos padecen del virus atoradas contra el despido, que con castigos procuran atorrantes frenar las ansias de los críos.

De recuerdos entre acordes de madera arabesca, malgastada por manos impropias
pecadoras.
Prófugas de un machismo ausente y carente de sí mismo, a regaños nos mostraban el sol de frente a la plaza se alumbran nuestras caras.
Todo por vernos carentes de ilusiones, alineados cual piezas de un ajedrez maltrecho, sin estrategias claras, repartido en igual por dolencias todas compartidas.
En las noches como niños solo nos quedaba lanzarle besos mudos a la luna, pedirle con emoción sacarnos de la bruma persinada por el hábito empolvado de las señoras a
distancias.

El pan con queso que desayuno por las mañanas, el aceite que se unta en la cara mi
madre, que disfrace sus arrugas, esas que le provocan las malas noches, de vueltas por la cama, de resolver carencias a fin de mes y no pedir ayuda ni remedios a viejos lamentos.

Son estos viejos polvos, las mesas cubiertas de nácar que adornan con creces primaveras que jamás llegaron a nacer en este puerto.
La hoguera caliente por pucheros, esperando de nuevo reproches, de viejas comadronas, polillas a postas todas se caen entre el desvelo de una lágrima al desfallecer.
Caen las manos saltadas con huesos por el frío, acostumbradas al maltrato de este mal
abrigo, puestas juntas por el brío nos cobija, a todos juntos por lo propio del luto.

Aquí huele a muerto, como en un corral de caballos enfermos, de alimentos con olor a
cobre.
Donde se pudre la bondad que alguna vez hubo, donde se vio entumecido el rostro de una fatua verdad. Los vasos se resbalan solos hasta las orillas del mundo, el mar se encrudece para que nadie lo pueda frenar, que se compara con la furia de mil bestias y aplasta las cabezas como a los borregos tiernos que de un aliento las campanas nos arrebate de este pobre gesto de zozobra.