hibernación

Hibernación

Por: Sebastián Franco

Podría ser los vientos que arrastran su voz, o el calor que golpea entre los rayos del sol.
Tendría que ser la sequía de los montes, la ausencia del agua que nos suele desquiciar.
Mientras la brisa del mar abraza la arena que sola llega frente a la cara al caminar.
Solía bajo su propia ley, una azorada por el deseo, la de bailar donde ella quiera.

Era protagonista de su propia tragedia, cubierta de lino, al humo de un tabaco rubio.
Al toque de la guitarra de algún inoportuno, buscando al clamor del asfalto la compañía de la inmundicia.
Gota tras gota cae el sudor, sobre el marrón de la terracota se desliza la sal pintándose la piel de oro.
Resta el tiempo, y los pasos para guardarse ante el desasosiego del alma, es optar por cerrar las puertas del salón ante la distancia.

Las luces resplandecen más por las noches, tanto que que le provocan un ligero pero prolongado mareo.
Un suplicio se vuelve la pieza y su cama, no hay ventilación y esto pareciera un carrusel que se bebe de un solo trago.
La ironía de la soledad, el cumplir de las horas de un insomnio atravesado por la flecha de la nostalgia.
Aferrada a la caoba del piso como un oso a su cueva, para pasar mejor el mono, mitigar las náuseas y adormecer cualquier naturalidad o sustancia.

Sintética, como una vulgar planta de plástico, inerte, de lado acostada como un santo.
Los ojos como dos huevos duros, sin sal, atorrantes presenciando un crimen o una imagen indómita ante un crimen insólito.
Precisando las cúspides, se postra en sus pies, se levanta y decide andar a un punto conocido para no salir más, a un mundo flagelado por las llamas de la discordia.
En su voz se siente, aún ligera como susurro, el amoniaco que acompaña su llanto, el veneno de su olvido. Las ventanas se anclan al suelo, y la oscuridad acapara los rinones más negros de la disoncia, un claustro fuera de toda vida y concordancia.