Por: Eliana Tomassini
@eliana.tomassini
El sabor agrio de la garganta
me acerca
de un modo pasado.
Sin evitarlo entro.
Como me dijiste
después de vomitar
arrodillada en el baño.
No actúo tu rol
ni soy estúpida.
Aprendo la contención
de los movimientos repetidos,
el estoicismo de la mirada negra.
Tampoco guardo
fotos nuestras,
aunque debería decir
tampoco tengo,
salvo unas pocas
yo bebé en la mesa
de la cocina,
y vos atrás sentada
agarrándome por la espalda.
Es una foto feliz
y sonreímos.
Crecer sucede así:
en algún momento
se levanta una bandera.
La de la infancia
o exactamente la contraria.
Elegí la primera.
Me volví autosuficiente,
alabé la independencia,
adquirí un nombre de fantasía.
Me diferencié.
Me defendí con fuerza.
A veces se aprende el habla
antes que la caricia.
Ya escribí
por una memoria
para inventar
el olvido.
Y acá estoy,
como me dijiste
no actúo tu rol
aunque también varias veces
vomité,
pero en mi caso
obligué a mi cuerpo
y no al revés.
Me pregunto
qué mujer
no aprendió a ir
contra su propio cuerpo.
Tampoco soy estúpida,
mamá.
Aprendí de vos
a ocuparme de mí misma,
a no necesitar.
Quizás por eso
alguna vez no pude decirle
a la persona que amé
que la amaba.
Quizás por eso
no puedo
quedarme.
Soy hija también
de la época individual,
anestesiada.
Por eso confundo
emoción con debilidad.
Lo sé: podría ser un gran hombre,
por suerte no.
Hoy
quiero querer lo que tengo.
Quererte quiero.
El sentimiento es
también injusto
o sólo no tiene moral.
Lo quiero a él que nunca me alentó.
Él.
Julio César es el nombre de papá.
La memoria no es
traicionera sino selectiva
y bienvenida sea
la diminuta palabra
agitando una chispa,
el movimiento
en el cuerpo quieto.
El acto creativo
de vivir cada día.
Y es otro día más,
alguien se salva
alguien se condena.
Soy yo alguien, sos vos
alguien.
Ahora digo mi nombre propio.
Conozco la tarde
en su porfía
de ser intermedia.
Ahora lo que salvó
ya no salva
y escribo,
tanteo la caricia
con mis demonios
aunque nada
toque fondo.

