un cuarto de sobra

Un cuarto de sobra

Por: León Guerrero

Mi tía logró llegar al campo de refugiados—
mi primo no.

La foto de perfil de mi tío
brilla en mi reloj mientras me lo cuenta.
Él tiene una voz especial — un arpegio humano,
suerte de pulsación que aprendió a proyectar
una vez que fue confinado a la silla de ruedas.

Siempre estuve enamorada de él.

Aún puedo vislumbrarlo,
alzando la vista por un instante al leer,
pausando para que las palabras de Gurnah se asentaran.
Era la mirada de un soldado
avanzando hacia el campo de batalla.

Ellos vieron que se hundía y no hicieron nada, lamenta.
Yo guardo silencio.
¿Me escuchas? pregunta,
como si la distancia fuera el verdadero problema.
Asiento, aunque no puede verme.

Apoyo mi cabeza contra la pared,
el mismo gesto que hacía en su hombro cuando,
en su cama, Concierto de Aranjuez
de Miles Davis sonaba
y mi tía pasaba el umbral
para echarme de su recámara.

¿Que si yo podría abrirle mis puertas?
Claro, mascullo, tengo una habitación extra.
El privilegio,
ese animal manso que lame mis palabras,
me muerde la lengua.