Por: León Guerrero
1
Marco los tres dígitos en el teléfono
mientras observo el breve temblor del sofá.
Mis palabras se acentúan e informan:
Quiero reportar a una inmigrante ilegal
que ha irrumpido en mi casa.
La línea me pregunta
con la misma voz que me da las noticias:
¿Ha neutralizado la amenaza?
Observo a mi tía que yace sobre la mesa,
su sangre dibuja un corredor hacia el borde.
El martillazo la ha dejado boca arriba,
y ya no tiene dónde esconderse.
Respondo que sí en mi segunda lengua
y la voz enlatada regresa con un:
Gracias por su servicio.
2
Las cámaras llegan antes
que las ambulancias;
los titulares me llaman defensora de la patria
y la sangre de mi tía
es lavada por el champán.
Cambiaron las murallas por las medallas
y las alambradas por las alfombras.
O, tal vez, solo fui yo la que cambié:
de una chica que jugaba con títeres,
al juguete de unos chicos orgullosos
que ahora me instruyen sobre lo que debo decir
cuando me pregunten por qué lo hice.

