Por: Alejandra Solano
Mi Señor,
le doy la bienvenida esta noche
por si decide quedarse.
Si hoy resulto afortunada con su presencia,
permítame decirle que
una visita tuya, si bien nunca es planeada,
siempre causa revuelos.
Revélese ante mi y deje caer su toga negra,
quiero ver como la luz lunar, se refleja en su marmoleada piel
quiero contar cada uno de los ríos pálidos que llevan su sangre
y ver si la noche ambarina es tan oscura como su cabello.
En cuanto a sus ojos,
no es de extrañar que en los tiempos remotos le temieran a los eclipses,
si estos fueron así de remotos como sus ojos,
cualquiera creería que el fin del mundo se vislumbra a través de ellos.
Antes de que despierte, permítame verlos una vez más.
Revélese ante mí por medio de un susurro,
solo eso basta para hacerme venir
y no ser capaz de abandonar la ensoñación jamás.
Pues, quién quiere vivir en el mundo de la vigilia
si este me priva de escucharle.
Quiero que me arrulle con ella toda la noche,
Pero que me impida caer en mortem,
sino para mantenerme despierta y así poder
explorar esos pasajes que nos fueron prohibidos
aquellos reservados para los Eternos,
aquellos por los que sería capaz de caminar hasta el infierno.
Oh, Morfeo.
¿Acaso puede ver lo mucho que necesito verle?
Revélese ante mí y sopla su arena en mi rostro,
así por lo menos podré tener una parte suya
que se escurra entre mis agujeros. Y si algo sale de ellos,
será entregado como ofrenda al Dios de la Noche,
al morador de mis sueños al único señor de mi palacio,
al que espero fervientemente en mis aposentos,
aquel que se aparece cuando mis ojos se cierran
y mis piernas se abren.
Aquel que es capaz de cumplir cada uno de mis sueños
Aquel cuya ausencia es motivo de mis pesadillas.

