Por: Alejandra Solano
Mi padre creyó que en tu casa
iba a mejorar mi inglés.
No sabía que allí empezaría
mi trayectoria en otras lenguas.
Tu morada merecía otro nombre.
No era isla, residía en lo alto
en vez de costa se rodeaba de bosques
en donde tocar las nubes,
era una posibilidad al despertar.
Yo te invoqué como mi Lesbia
aunque en mi memoria
sigues siendo Safo.
Revelaste en mí una belleza
que durante tanto tiempo se me fue privada.
Algo que se parecía más a mi
que a lo que el mundo llamaba como adecuado.
Desde entonces, cada vez que subo al Lesbos
te busco en las calles,
en la copa de los árboles,
en los gorros de lana,
en la sonrisa fugaz de una extranjera.
Aunque hace tiempo ya no estas allí.
Ninguna vuelve a ser la primera,
ninguna me invoca como tu.
Por muchos años, creí que no eras más que una excepción.
Ahora entiendo
lo que antes apenas intuía.
Y si bien la importancia no estaba
en cuánto me costó llegar allí
sino en todo lo que se abrió en mí,
mientras caminábamos cerca de las nubes.
Y vos, Monte Lesbos
seguís teniendo una vista preciosa.

