Epicentro

Epicentro

Por: Alejandra Solano

Temblaba la primera noche
contando los segundos que
faltaban para que llegaras.
Temblaba al mirar por la ventana
al verte bajar del coche.
Temblaba mientras cenábamos,
la forma en que cruzabas las piernas,
la suave presión de tus muslos,
todo para dejar de temblar.

Temblaba la segunda noche.
Te decía que era frío, y
aunque me calente en tus brazos
no dejaba de temblar.
Por cada dedo que surcaba mi pelo.
Por cada dedo que delineaba mi cara.
Por cada dedo que tenía tu mano,
esa mano tuya que solo hizo
que temblara más.

Temblaba la tercera noche,
aquella en la que yacíamos junto a los libros.
El deseo me recorría internamente,
así como tu mirada hacía conmigo.
Y mientras tus labios buscaban mi oreja,
al otro lado alguien me susurraba:
“Ya deja de temblar”

Temblaba la cuarta noche,
aquella noche sofocante en la que
la soledad me abrazaba. Invoque tu recuerdo
y recreé cada momento.
A pesar de que no eran tus dedos,
quienes descendían por mi epicentro.

Había vuelto a temblar; y entre cada réplica
deseaba que sintieras vos también
el mismo temblor.