Por: Adamariz Nicole Martinez Romero
@adamariz.romero
Pasó nueve meses cosiendo ese saco.
Al tener la base, lo abandonó.
Pensó que con tenerlo a medio hacer
ya sería perfecto,
sin defectos, sin reproches.
Pasaron los años
y el saco jamás se terminó.
En el abandono y el descuido,
el saco, intentando agradar,
solo generaba disgusto en su creador.
«¡Qué saco tan inútil!»,
exclamaba su creador,
sin notar que la culpa era también suya.
Gracioso…
le colocaba flores dentro
y al mismo tiempo criticaba su aspecto,
esperando que su funcionamiento siguiera siendo bueno.
Pero un saco no se vuelve de terciopelo
solo porque su dueño quiera llenarlo de flores.
Tenerlo así no lo haría más fuerte.
Finalmente el saco se rompió.
Su ruptura desató el caos,
todas sus fallas salieron a la luz.
Arrepentido de su error,
su dueño trató de coser las partes rotas
de aquel saco abandonado.
Pero era tarde.
La tela estaba tan dañada
que ni la aguja más fina
ni el hilo más caro
podrían arreglarlo.
Al no ver buen resultado,
finalmente el dueño
no supo qué hacer
con aquel saco roto.

