Por: Deyanira Castillo
Que impaciencia la mía,
aunque es mi culpa, no lo niego
creer que en tu imperativo de conciencia,
desobediente de mandatos,
con todos esos actos,
llamarías por mi presencia.
Roces de saliva
no en los ansiados besos,
solo salpicándonos ideas
diferentes o iguales,
compartiendonos reales,
tal vez nunca pasó
y es solo mi imaginación acelerada,
no pienso seas indiferente,
es que tu vida no se nada,
tal vez no sea a propósito,
porque tú no eres así.
Lo qué sé, es que ahora no me necesitas,
más bien creo nunca fue así,
realmente nunca supe que querías
solo que un poco de mi paz llegaste a aniquilar.
Ya ni estoy ahí
pero a dónde sea que vaya hoy,
quiero sentir el viento de la tarde
fuerte, frío, hasta con polvo desgarrador
que deja esas puñaladas microscópicas
y torturan mi garganta
cuando trago mi saliva
para limitarme a decirte que te odio
por hacerme pensar, que pronto llegarías
a los verme, de los hombros tomarme,
tragarte tu ego, y de una vez confesarme
lo idiota que estás por mi.
No hay de que sorprenderme
he sido tonta desde ayer,
cómo desde siempre,
ni siquiera puedo ver
quien realmente debes ser,
aunque es mi culpa, yo lo sé
pues desde que te idealicé
a amodiar-te condené.

