Por: María Martínez
@mariamartinez_888
¿Quién devorará
las sobras que del desafecto
implacable me dejaste?
¿Será el silencio,
impávido testigo
del mutismo de un amor estéril?
Siempre me preguntaré
si hice bien en hacerme al mar
o si fue abrupta imprudencia
alejarme de ese puerto
que, sombrío,
no ofrecía otro horizonte
más que tu rostro desencajado.
Quizás el ímpetu
intensificó los furores,
pero, de la indignación, preferí
la penosa sacudida
a sufrir el dolor del puñal
insospechado e inmerecido.
¿Habrá, acaso, un espacio
en mi mente que, alevoso,
se haya prestado a guardarte,
donde hoy las telarañas,
como sábanas,
despiadadas van blanqueando los recuerdos
de aquel cuarto deslucido?
Tengo una caja extenuada
en el ático de la memoria,
juntando polvo
de esas cartas,
centinelas de palabras
que nunca te susurré
a la luz de ningún atardecer.
Me entregaba por entero,
impetuosa, al ardor de mi vida,
sabiendo que contenerlo
no podrías,
no sabrías,
no querrías.

