Por: Sylvette Cabrera Nieves
@sylvettecabreranieves
Me acostumbré al cáliz de tu olvido,
la soledad y el insomnio.
A estar de espaldas al mar
sobre la piedra blanca
a la hora puntual del naufragio.
A las cicatrices firmes que duermen
solitarias en el eco de las manos
y al embrujo de tus palabras.
A la redondez de las dudas
y a la ebriedad violeta de las penas
aquellas que llegan sigilosas
como conjuros divinos
para amarrar al amor verdadero.
Al inventario de lo perdido a través de los años.
A fermentar en silencio la voz de la nostalgia
y a perpetuar todos esos espacios vacíos del alma.

