Por: Enzo Farías Molina
@enzofariasmolina.escritor
De lo dulce a lo amargo,
el amargo de las cosas,
las cosas de la vida,
vida circular,
círculos perfectos y viciosos,
las ganas destrozadas,
los íconos desorientados,
las revistas traspapeladas;
inciensos encendidos al revés,
al revés de los tiempos,
retrocedo en movimientos presurosos
con la impotencia en carne viva
y deposito mis suspiros cansados sobre tu tumba;
rasguño la piedra fría
donde yace inscrito tu nombre,
rasco y rasco hasta romperme las yemas,
y sangro y sangro hasta manchar la piedra.
De un cabezazo o de miles
destrozo lápidas a domicilio,
y cavo y cavo y cavo la tierra,
te busco, nos busco,
pero nada encuentro,
y sigo cavando,
aunque duelan las manos,
pero hoy no me duelen,
a lo mejor mañana, o pasado;
nado a través del tierral humedecido
con los ojos esperanzados y la pena en los bolsillos.
Finalmente te encuentro,
dormida en la caja fría,
enumero tus huesos,
los ordeno y te rearmo,
del derecho y del revés,
a imagen y semejanza del recuerdo,
de las charlas que tuvimos,
de los caminos que transitamos,
de las promesas que no fui capaz de cumplir;
te abrazo, pero solo abrazo tierra, tierra triste,
te abrazo mientras te me escurres,
te clavo las garras, me arranco los pelos,
mastico las ganas y toneladas de mierda.
Revuelco mi carne en el barro,
me froto como un perro sarnoso,
y me falta el aire, me falta todo;
imagino tu sonrisa burlona
y te repito mi secreto en voz baja:
«voy a quedarme aquí para siempre».
Aquí, en el barro, entre los gusanos y demás rastreros,
como uno más en este universo subterráneo,
voy a tragarme la tierra con los ojos y la nariz,
con los oídos y las coyunturas,
pero no te soltaré jamás.
porque te he extrañado tanto,
y aun aquí, contigo, te sigo echando de menos.
¿Por qué ahora ya no dices nada,
cuando antes no había como callarte?
Este silencio es demasiado ruidoso.
Ven, por favor regresa para decirme cualquier cosa,
dime lo que sea, porque te echo de menos,
háblame un poco del clima, porque te echo de menos,
cuéntame cómo estuvo tu día, porque te echo de menos,
repíteme las mismas historias de siempre, porque te echo de menos.
Dale, cualquier cosa, una sola,
solo una, porque te echo tanto de menos.
Dime algo que me haga sentir de un chispazo
el calor simple de tu voz.
Pero no dices nada, alma que se lleva el viento.
Me saco la tristeza por los ojos,
me arranco la piel para ver si deja de doler,
muerdo mis dientes, con rabia, hasta quebrarlos,
y sangro por todos lados,
hasta por donde ya no queda más sangre;
se me enredan las escamas y las escaras,
la llave atrapada en el rincón gris de la candidez.
Se me deconstruyen las lluvias, los soplos,
las verdades que falta por contar.
Las ideas se deshilvanan,
van y echan raíz en tus costuras.
Me calmo un poco, vuelvo a respirar,
me haces entrar en razón y ya nada me importa,
porque estoy muerto en vida,
seco del alma y del corazón,
enojado, recalcitrante,
sentado en los faldeos de este mal humor,
pensándote, esperando verte pasar,
para saludarte, a lo lejos, con la mano,
ilusionado con que me devuelvas el saludo con un beso al aire,
o al menos con una simple mirada que, en parte,
ayude a templar mis huesos fríos.

