Por: Eva Galeano
@latidosdetinta17
Hay una respiración que no es mía,
se me sienta en el pecho como un animal húmedo.
La ansiedad tiene uñas pequeñas
raspando el interior de mi calma.
No entra por la puerta, se filtra,
como humo viejo debajo de la piel.
Siento que algo se pudre
en el segundo exacto en que todo parece estar bien.
Mi cuerpo es una casa mal cerrada,
llena de grietas que no recuerdo haber abierto,
por donde algo respira
sin pedirme permiso.
Hay pensamientos que mastican en silencio,
con dientes de vidrio,
dejando un sabor metálico
que no se va.
Me miro las manos
y no sé si me pertenecen o si están prestadas.
El aire se espesa,
como leche olvidada bajo el sol.
Todo late demasiado fuerte
o demasiado tarde.
No hay descanso,
solo pausas que fingen ser descanso.
La mente se me llena de insectos de luz,
girando en círculos sin salida.
Y sin embargo,
hay algo en ese zumbido que me mantiene despierta.
Como si el miedo también supiera
cómo sostenerme.
Siento el tiempo doblarse
como una sábana mojada.
Algo en mí tiembla sin permiso,
como un espejo roto que sigue reflejando.
No estoy en peligro,
pero mi cuerpo no lo entiende.
Hay una alerta constante viviendo en mi sangre,
como un eco de algo que nunca ocurrió.
Respiro y el aire me raspa por dentro,
como si tragara papel quemado.
Como si algo áspero
se quedara adherido en la garganta.
Y aun así respiro,
como si doler fuera una forma de seguir estando,
como si el dolor también necesitara un cuerpo donde quedarse.
Todo lo cotidiano se vuelve extraño,
con bordes afilados.
Y yo aquí,
intentando parecer humana.
Mientras algo en mí se desarma en secreto,
la calma es una palabra lejana,
una habitación sin puerta,
un lugar que no existe.
Sigo,
con esta criatura invisible sentada en mis hombros,
susurrando que todo puede caerse
sin hacer ruido.
Y escucho,
porque en ese derrumbe posible
también hay algo
que me llama.

