pecado capital

Pecado capital

Por: Lilén Sartore

Me incita a pecar sin saber que estoy a una crisis ética
de caer en la tentación sin dudar.
Le toco la barbilla, acomodo algún detalle
para justificar esa lujuria que me imanta.

Quisiera seguir, avanzar, quedar al roce de su boca,
que decida si me quedo quieta o si me choca,
contra sus labios, contra su ropa
y que todo pase sin pensar en lo que pasará,
sin un después solo para caer en otro pecado.

Y me mira de costado,
dudando si en verdad lo merezco,
si su soberbia me aleja de nuevo,
y con mí avaricia de querer tenerlo todo
por un momento
rompo el límite del tiempo,
del espacio y de los cuerpos,
quedándome con ese beso que da vida a un nuevo credo.

Qué hambre incontrolable,
qué gula de volver a saciarme con sus brazos, su roce, sus besos.
Qué ira de no poder hacerlo de nuevo,
repetir el juego de desconocernos para empezar de cero
y seguir sumando cada uno
de los próximos primeros encuentros.

Qué bronca da lo efímero del tiempo,
que hoy te tengo y mañana te pienso.
Qué envidia no poder ser viento y rozarte,
no ser agua y tocarte,
no poder estar a tu lado y besarte.

Mientras tanto mato segundos,
acuchillo horas y minutos,
creo un nuevo mundo donde dos más dos siempre es uno.
Donde no existen víctimas de un deseo más capital que pecado,
donde existimos en un universo paralelo
que se abre al tiempo que imagino
ese beso tan utópico que me ayuda a dormir.

Donde no existes solo en mí memoria.
Dónde no te invento más.
Dónde por fin estás… ahí, aquí, así.
Conmigo.