Por: Griselda Quinteros
“La coneja”
La luz entra primero que el miedo.
Después entra el colibrí.
No vuela, tiembla en el aire.
Suspende el tiempo con un zumbido mínimo.
La cocina no está hecha para alas.
Está hecha para cuchillos y hornallas.
Él ve claridad donde hay vidrio.
Choca.
No es torpeza, es urgencia.
Un corazón pequeño no sabe negociar límites.
Golpea otra vez.
La señora lo mira desde abajo como quien mira un accidente lento.
Sabe que el encierro enloquece a las criaturas leves.
Abre la ventana.
Abre la puerta.
Abre incluso su propia respiración.
Pero el pájaro no entiende geometrías humanas.
Solo entiende escapar.
Cada impacto es un latido desordenado.
Cada latido, una resta.
Ella mueve las manos con suavidad fingida.
Quiere guiarlo hacia la salida.
El aire se llena de órdenes invisibles.
El colibrí se marea con tanta intensidad.
No está acorralado por paredes.
Está acorralado por su cuidado.
El zumbido se vuelve irregular.
Un hilo eléctrico que se corta.
La señora siente que el tiempo se acorta también.
El miedo le entumece la lógica.
Toma un trapo.
No para herir, se dice.
Solo para orientar.
El gesto es rápido, torpe, urgente.
El ala roza la tela.
El cuerpo gira sin equilibrio.
La luz ya no es promesa.
Es un resplandor inútil.
El colibrí cae como una pregunta sin respuesta.
Silencio.
La cocina vuelve a ser cocina.
El trapo en la mano pesa más que un cadáver.
Ella se congela mirando lo diminuto.
Piensa que quiso salvar.
Piensa que hizo todo.
Pero entiende que hizo demasiado.
Preocuparse es otra forma de asfixiar.
Y el amor, cuando es impaciente, también mata.

