Por: Ezequiel Olasagasti
Llegó un día.
Hoy, el día.
Quise escribir un cuento
pero empecé a hacer versos.
No podía mantenerme en el camino.
Me pesaba la estructura.
Tenía mucho que decir
pero sin una historia.
Porque, en realidad, quería gritar.
Denme una boca, ya.
Me pica la garganta, se asfixia.
Se muerde a si misma
Y, sobre todo, se cierra.
Porque no puede salir nada
Porque así me enseñaron te digo.
Porque así soy.
Porque así me digo que soy.
Porque así me convencí que soy.
¿Por qué me pido permiso
pero me digo que no?
Me escupo un grito
de que no puede salir nada de ahí,
que se quede la piedra.
No veo a nadie,
ni las letras
ni nada.
Porque escribir se hace difícil entre la niebla.
Entre la bruma y las cortinas
claras, frías y ocultas del alma.
Quise escribir y necesitaba gritar.
Denme un oído, ya.
Sin ruido, sin la boca abierta, sin ríos.
Con el peso y la sombra y lo oculto y la piedra.
En la garganta, la piedra.
Hoy quise escribir un cuento.
Y esto tal vez cuente una historia mañana.
Yo y el desierto húmedo,
solitario.
Que nadie ve llover.

