Por: Marcelo Uranga
Así como los huesos olvidados,
en medio de los sauces el puente blanco
tiembla,
por el paso del tren de madrugada.
Y el reflejo de su luz escurridiza
se desarma en el río.
El viento, que nos siguió toda la noche,
ahora es este niño que despierta
incómodo en su asiento,
exige
la presencia sin demora de su madre.
Hay un cielo que comienza a encender
sus nubes poco a poco.
El grito de los teros rompe la calma en la mañana.
No pude dormir nada,
y el sol horizontal que me lastima
abraza a ese niño enamorado
de la teta de la madre
y su alimento.

