Por: Alma Raquel Alonso Lucena
@almiux_alonso
Desde nuestro santuario de los mil colores,
la veo recostada en el sofá beige
el gato hecho un ovillo sobre el vientre de ella.
Estira los brazos, como si quisiera desplegar
la propia serenidad que le brinda el silencio.
Recoge su móvil, busca un vídeo prohibido
y observa bailar a su amante.
Entonces levanta la cadera, mientras el sillón humedece.
Sus ojos se clavan en mi cuerpo como si fueran dedos,
multiplicamos el placer cuando me devora entera.
Se eleva la tensión tanto como el gemido.
Los ruidos desenfrenados ahuyentan al gato.
Y en ese instante,
me derramo callada,
su espasmo es el mío.

