Por: Leonardo Ferrera
Sintiendo
la suave brisa
de una calma
trazando
su camino sereno.
Como cuando
una vela se apaga
y la fatiga se rinde
al silencio
de la luna.
Llegó
como súbita ráfaga,
dejando a su paso
estelas
de inocente luz.
Plácida.
Serena.
Majestuosa
en su humildad,
rozando
laurel y nardos.
Anunció su arribo
al pie del roble rojo,
cuyo sembrador
—y sólo él—
conoce su desnudez.
Entonces
la bruma se cerró.
Prudente,
casi sagrada,
emergió
con rostro apacible
y una antorcha.
Así llegó
la inevitable partida:
arropada de blanco,
coronada de luz
y eternidad.

