Por: Leonardo Ferrera
Aprendí:
el dolor no se quiebra;
muda de piel.
Permanece:
una luz incómoda
criándose bajo la carne,
recordándome que
sobrevivir también arde.
Después de la caída,
los sentidos regresaron
uno a uno:
relojes rotos
olfateaban el silencio
como animales perdidos.
Nada fue inocente.
La esperanza llegó tarde,
cubierta de polvo,
con las manos abiertas
de tanto fracasar conmigo.
Hubo días con hierro
en la boca,
días en que la sangre
se hacía cansancio,
aprendiendo mi nombre.
Y noches donde el mundo
pesaba más que el cuerpo,
y el cuerpo más que
la voluntad.
Hubo un segundo,
un instante ridículo,
en que reí conmigo mismo.
No era fuerza lo que quedaba:
era costumbre.
Con el corazón expuesto,
afilado por la ruina
que no logró terminarme,
le hablé al caos:
toma.
Nada más.
Y aun así…
algo en mí persiste:
un faro sin luz,
insistente,
desafiando la noche,
resistiendo
lo imposible.

